La mirada profunda de sus ojos grises resaltaba de su rostro pintón y esa sonrisa pícara que aún conservaba de aquel joven mozo que supo ser; ese porteñito canchero y galán que era a pesar de pintar canas y guardar años en los bolsillos.
Nos conocimos hace años; yo no puedo recordar cuando lo vi por primera vez. El seguramente me conoció con cara arrugada y ojos saltones cuando todavía mojaba pañales. No sé si habrá sido amor a primera vista, pero si nos quisimos mucho.
El olor a cuero y pegamento de su taller endulzaron muchas tardes de juegos con retacitos de cortes; mientras entre charla de mate mamá y él parecían perderse por horas, como si el tiempo no pasará o no importará. Ahí estaban, unidos por algo más que la yerba mate, un lazo fuerte y más importante que el de la sangre: el corazón.
Mi primer recuerdo de Plaza de Mayo fue de su mano; la pirámide blanca y esa benditas palomas, los caminos de polvo de ladrillo y el olor a garrapiñada…ese que tanto me gusta sentir, aunque no me gusten mucho las garrapiñadas. Y los zapatitos de charol negros que me regalo aquella vez que lo acompañe a dejar un pedido y después almorzamos juntos pizza y el vaso de Coca Cola más grande que mi niñez recuerda (en esos tiempos en los que la gaseosa negra me gustaba y la tomábamos muy de vez en cuando y en ocasiones especiales…era un especie de elixir de la felicidad). Sus cuentos, y sus historias de fútbol y de su huracán querido…Esos relatos de alguno de sus viajes por América en su juventud…y los tangos que siempre sonaban desde la radio chiquita, al lado del banquito y del calentador a kerosene.
Nuestros momentos no fueron tantos como hubiese querido, será por eso que los guardo y cada tanto les sacudo el polvo trayéndolos a mi memoria para que el olvido no haga su trabajo. También vuelven los del último tiempo, tus pasos lentos desde la esquina apoyado en el bastón, tu mirada más triste que nunca y un adiós que nunca te pude decir.
Te llevo esa maldita enfermedad que pocos quieren nombrar y que se llama Cáncer. Nunca te descubrieron el porqué…a lo mejor fue tristeza. Por más de treinta años Ezeiza fue tu hogar aunque nunca te acostumbraste, tu corazón siempre fue porteño. La economía y la crisis te cerraron las puertas y siendo tu vida los zapatos tuviste que regalar tu arte por unos pesos miserables.
Te fuiste y aunque mi último recuerdo fue desde una cama de hospital, me regalaste una sonrisa como las que siempre me dabas; esas con las que prefiero quedarme, en tu taller con olor a cuero y pegamento mezclado con el de la madera de los moldes.
Cachito, sos y siempre vas a ser mi abuelo del alma. Sé que los tangos que me gustaría haber bailado y las charlas que tendría ganas de tener con vos sobre política, tus viajes y el mundo algún día, allá entre las nubes las haremos…aunque sólo seamos energía y flotemos libremente.
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