Nos conocimos hace un tiempo, en algún estudio o curso que compartimos. El tiempo, ha sido suficiente, no sé si necesario, poco o mucho; simplemente el que alcanza para saber de que estoy hablando.
Nunca me llamaron la atención las personas extraordinarias, (especialmente los hombres); sin equivocarme podría asumir que todas ellas han sido ordinarias, pero con un encanto particular, al menos para mí, que las hacían especiales. El filántropo no escapa a la regla.
La primera vez que lo vi, llego tarde y despeinado. Nada tenía en particular a otros…o quizás todo, no lo sé. En ese momento no me di cuenta, pero me gusto.
Entre él y yo no ha pasado nada. Miradas furtivas, frases inconclusas y cosas, que parecían ser…lo que al final no fueron. Puras potencialidades: confesiones de haber, quizás, en algún momento sentido algún tipo de atracción (¿similar a la que yo siento? No lo creo). Algo difuso, sin explicación del porqué y el cuándo dejo de existir.
¿Por qué decir cosas cuando ya se perdió el sentido? Esa ambigüedad entre el si y el no. Esa puerta entreabierta, no sé con que motivo…si cada vez que creo que se abre, se cierra con inclemencia; con fuerza azotando las ilusiones.
El filántropo ama a la humanidad, pero a mí eso no me interesa. Dice ayudarme porque está en su naturaleza. No es a mí a quién ayuda especialmente, es al género humano representado por azar en mi persona. Yo no lo entiendo. Quizás mi ego no me deje ver que no le importo en lo absoluto. Sin embargo, lo suyo me parece un engaño. Porque uno odia o ama a personas particulares, que son únicas e irrepetibles; no es lo mismo una que otra, más allá de las similitudes.
Sus explicaciones no me bastan, me confunden más. Cada caso con el que intenta ejemplificar, lo enreda todo aún más; todos conectados por el afecto (en algún momento presente) que sirve de motor de la acción. Emociones que ligan…pero que por mí no siente.
Decidí fingir que entiendo. Que puedo ser perfectamente racional y aceptar lo incomprensible. Pero no soy racional; de hecho creo que lo que nos define, es lo irracional; sino la guerra no debería ser quién escribe las líneas de la historia.
Alguien me dijo alguna, vez que es estúpido quedarse llorando por una persona, cuando hay muchas otras por conocer. Tenía razón, y tal vez fue un gran consejo…si no fuera yo, una persona estúpida. Y como tal, no hago otra cosa más que estupideces, aún sabiendo que lo son.
Definitivamente creo que los sentimientos son una bendición pero también el peor castigo. Bendición, porque son los que nos hacen estar vivos y querer despertar todos los días. Castigo, porque nos convierten en seres vulnerables; débiles criaturas arrojadas a las bestias que nos despedazan; frágiles como una copa o una membrana.
Si fuese inteligente, controlaría mis sentimientos y me marcharía con ellos a otra parte. Pero no sé hacerlo, ellos mandan. Son desmesurados y caóticos. No puedo frenarlos; me sumergen en una realidad que no quiero, que me paraliza sin poder ver más que frustraciones y castillos de arena.
Lo quiero…por absurdo que parezca. Se que es una quimera; que tal vez no pueda traspasar nunca esa barrera, que nos define como extraños conocidos. Quizás en otra vida fuimos realmente amigos o amantes. Quizás fuimos, o seremos, lo que hoy no somos…A lo mejor la fantasía alimenta el imposible y el ser real, esta lejos de ser lo que quiero.
No tengo respuestas, son solo dudas y miedos. Es muy probable, que este perdiendo mi tiempo y sea mi propia alma la que me sabotea. Su presencia me perturba, lo quiero lejos, muy lejos. Que la distancia aplaque el odio por quererlo cerca, por desear sus labios, sus manos y sus brazos rodeándome…Lo odio, porque persigo un sueño idiota, un rompecabezas, al que intento darle sentido con cada frase o gesto que produce. Lo odio porque no lo puedo sacar de mi mente. Está ahí, mientras yo le soy indiferente.
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