Escribo bien o mal. Eso en este momento no importa, no pretendo ser un Nóbel de literatura (si es que eso para alguien significa algo).
Las letras son canales por donde fluye toda mi energía, a veces cargada de alegría y en otras tantas de tristezas, broncas o melancolías.
Si alguien las lee, creo que es más una cuestión de azar que un propósito. De alguna manera extraña sé que suena contradictorio, porque de no querer que se conozcan no deberían estar aquí. Sin embargo esta barrera rota entre lo privado que se hace público lo siento como un efecto de catarsis.
Alguien puede pensar que un diario íntimo es un perfecto antecedente; pero yo no estaría de acuerdo, justamente porque su nombre lo indica: es algo que pertenece a la esfera de la intimidad y esto pertenece a quien se le antoje las ganas prestarle atención.
Ensayos de mi realidad, de creencias, desencantos y aspiraciones.
Cada palabra se queda con un pedacito de mi alma, me roba las lágrimas más tristes, se lleva mis verdades más crueles, los sueños rotos, las broncas guardadas. Son mi diván más económico, mis garúes celestiales que me sacan de los posos más profundos, me permiten cruzar miedos añejos y volar por lugares desconocidos.
Sé que después de escribir me encuentro un poco más con quien soy y no importa lo que fui ni lo que voy a ser.
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